martes

En la oscuridad

Dong-dong-dong-dong. El carrillón dio las doce. Solo yo estaba despierta, porque al día siguiente tenía un examen de lengua y estaba muy nerviosa. Podía oír mi propia respiración. La casa crujía. No me gustan las casas que crujen. Parece que se quejen, eso me asusta. Las fuertes ráfagas de viento se colaban por las rendijas de mi ventana. De repente un escalofrío recorrió mi cuerpo. Habían llamado a la puerta. Me pregunté quién sería a aquellas horas de la noche. Al ver que nadie se levantaba, atemorizada, fui al dormitorio de mis padres. Les desperté, alterada, y les pregunté si no habían oído ese ruido. Me dijeron que no sería nada, que me fuera a descansar. No me quedé convencida. Estaba segura de que habían llamado a la puerta. Asustada, bajé las escaleras, abrí la puerta y tímidamente me asomé entreabriéndola. Viendo que no había nadie, decidida, salí al porche. La noche estaba tranquila. Al volver, cerrando la puerta, puede escuchar con claridad unos pasos que ascendían arrastrándose por las escaleras. Me volví muy despacio, casi paralizada por el terror, pero no pude ver nada, porque algo o alguien había apagado las luces. Me encontré completamente aterrorizada, sin ver nada y sin saber qué hacer. Muy lentamente, busqué la llave de la luz y, justo cuando la iba a encender, algo frío y arrugado rozó mi mano. Invadida por el pánico, ya solo podía esperar.


[Narración con final dado. Realizado por Blanca Poveda Ruiz, 2ºB, Curso 2019/2020]

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